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Vive tu muerte Juan Carlos IbarraVive tu muerte
Juan Carlos Ibarra

Capítulo Uno
Estaba estacionado en mi puesto de distribución con mi novia, Mari, una niña delgada, preciosa, igual de adicta que yo. Me sentía especialmente contento, me acaban de ascender, a partir de esta semana las cantidades de mariguana y cocaína que manejaba se habían duplicado, al igual que mi territorio y mi horario. Había dejado de ser uno más de los vendedores de la universidad, ahora me tocaba toda la zona aledaña también.

Esa noche en particular, estaba de excelente humor y todo me hacía reír, pensaba que estaba avanzando a paso rápido y en el sentido correcto para “sacarle jugo” a la vida. Todo me salía bien, había dejado de estudiar hacía dos semestres porque me enteré de que se puede obtener un título chueco por una lana. “Por lo tanto”, había comentado a mis cuates “es mejor hacer dinero de la manera más rápida y fácil posible, que estudiar.” Desde entonces, en lugar de entrar a clases, como creían mis padres, le dedicaba más tiempo a mi negocio.
   Siendo un muchacho de clase media, que a los 24 años seguía viviendo en casa de sus papás, el dinero del tráfico se me iba en puros juguetes, y tenía muchos: dos motos, un coche “arreglado” con rines y un súper sonido, ropa carísima, estéreos, cámaras digitales y hasta un buen “fierro” con cachas de maderas finas. Era la envidia de la colonia, y nada me complacía más que verle la cara de babosos a mis vecinos que manejaban cochecitos usados cuya velocidad máxima podía ser superada por el mío en primera velocidad.
   Como mis padres preferían creer que las cantidades tremendas de dinero que manejaba provenían de trabajos eventuales como traductor de inglés, dejé de tomarlos en serio desde los dieciocho años. Si vivía en su casa era para ahorrarme una lana, si le compraba regalitos cursis a mi jefa el 10 de mayo, era porque me caía en gracia notar lo bueno que era yo para mentir y lo buenos que eran ellos para creer cualquier babosada que les dijera.
   Sin embargo, el destino es una cosa verdaderamente indescifrable. Controlarlo es tal vez el más guajiro de todos los sueños.
   Esa noche en que estaba tan orgulloso de mí mismo, en que acariciaba el magnífico cuerpo de Mari sintiéndome el jefe de jefes, se estacionó junto a mí un auto negro sin placas. “Pérame” le dije a mi novia “no me tardo.”
   No me acababa de bajar del mi coche cuando supe que algo andaba mal. Los tres tipos que venían en el auto negro ni me miraron, abrieron la puerta del pasajero y sacaron a Mari a jalones.
   “Abre la cajuela” dijo uno con voz fastidio. “¿Cómo?” pregunté genuinamente sorprendido. Por toda respuesta el hombre sacó una pistola nueve milímetros y me apunto a la cara. No tuve más remedio que hacer lo que me pedía. Medio  kilo de mota y unos 20 gramos de coca brillaron opacos bajo la luz del único farol de la calle.
   Uno de ellos dijo: “ Ora sí, papacito, ya te fuiste al cielo” cuando vio lo que guardaba.
   “No la amuele oficial” respondí “quédese con todo y a’i que muera ¿no?”
   Muchas veces antes había sostenido ese mismo diálogo en mi mente. Me imaginaba que así resolvería cualquier asunto con la ley: hablando, negociando, haciéndome el chistoso. Yo era uno de esos que creen que se las saben todas.
   Hasta ese momento sólo sentía mucho miedo, pero como recordaba la promesa de protección de mis “padrinos” para el negocio, guardaba aún cierto control sobre mis emociones. El pánico comenzó cuando el judicial que me había amenazado dijo, mirando asquerosamente a Mari, que para colmo llevaba una super minifalda, “¿Con ella también, güerito? Porque francamente se me antoja más ella que la droga.”
   Nada de lo que había vivido hasta entonces me había preparado para una situación como ésta. En una fracción de segundo toda mi vida cambió. Mi imagen de mí mismo se derrumbó instantáneamente cuando me di cuenta de que no tenía salida, no tenía nada con qué negociar, nada que darles que significara algo para ellos. Todo el dinero que había ganado, mi coche, mi ropa, mis CDs, mi pinche pistolita 38... todo lo que poseía era insuficiente para evitar lo que estaba ocurriendo. Yo para ellos no valía nada, nada... acaso un poco de dinero, muy poco desgraciadamente.
   Se acercó a Mari y le tocó el pecho, ella me miró aterrada. En sus ojos se reflejaba mi propio pánico. Rogué, supliqué... “por su mamacita, oficial a ella no le haga nada”  “Qué mamacita ni qué mamacita” dijo riendo “en tu mamacita debías haber pensado antes de meterte a narco, chamaco baboso.... y hablando de mamacitas” continuó “ésta está re buena....”
   Tomó entre sus manazas el rostro de Mari y la besó en la boca... los ojos de ella estaban desorbitados... me lancé como un loco sobre el policía. No pude dar ni dos pasos cuando otro me rompió la cara con la cacha de su pistola. No exagero, me la rompió de verdad; de un solo golpe me desbarató la quijada, la nariz y me tumbó dos dientes.
   Perdí el conocimiento y entre sueños me di cuenta de que mucho tiempo antes había perdido algo aún más valioso, aunque en ese momento no atinaba a descifrar qué era.