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Deteniendo el terremoto
Juan Carlos Ibarra
Capítulo Uno
I. CONTACTO PREVIO
—Estos son los hombres de quienes te hablé —dijo Omar después de saludarme con un abrazo como era nuestra costumbre.
—Él es Manlio —dijo señalando a un hombre joven y moreno que cubría su larguísima cabellera con un sombrero tejano, adiviné que tendría unos treinta y cinco años de edad— y él es Ramiro —concluyó, apuntando con la mano a otro hombre de la misma edad, pero con el cabello corto de color castaño muy claro y ojos casi azules.
Como nota curiosa, quiero escribir que nunca vi a Manlio sin sombrero excepto una vez que entramos a una alberca. El resto del tiempo lo trajo siempre puesto.
—Dentro del sombrero cultivo un diamante —me diría cuando, semanas más tarde, le pregunté la razón por la que nunca se descubría la cabeza.
Estreché las manos de ambos y después me acerqué para saludar a las dos mujeres que los acompañaban. La compañera de Manlio era una mujer muy alta y blanca que parecía provenir de una clase social privilegiada; en contraste, la de Ramiro era bajita, morena y regordeta.
—¡Ah! —dijo Omar— ellas son Paula (refiriéndose a la alta) y Sonia. Sus mujeres.
Hechas las presentaciones entramos a un café. Los hombres eligieron una mesa para nosotros y otra para las mujeres, muy separadas una de otra.
—No es bueno que las mujeres sepan todo lo que los hombres dicen —comentó Manlio.
—Ni lo contrario —acotó Ramiro.
—Es cierto —convino el primero— aunque por razones diferentes.
—¡Claro! —exclamó Ramiro soltando una carcajada— si uno escuchase todo lo que su mujer dice acabaría loco.
Se hizo un silencio, principal-mente porque me sentía un poco incómodo por el trato que estos dos daban a sus compañeras y no quise ser el primero en hablar.
Finalmente Manlio rompió el silencio:
—Supimos de ti por medio de Omar que es considerado por nosotros como un buen amigo, casi un hermano. Le encomendamos la misión de encontrarte y te encontró.
Dicho esto clavó su mirada en mis ojos como buscando algo mientras acariciaba la larga y rala barba que adornaba su barbilla. Después miró fijamente a Ramiro y le dijo simplemente:
—Es él.
La conversación, por algún motivo, no me impresionó. Me pareció entonces que actuaban y que procuraban rodearse (sin mucho éxito desde mi punto de vista) de un aura de misterio. Supe inmediatamente que iban a pedirme algo, así que no dije nada y esperé a ver qué camino tomaba el resto de la tarde.
Omar intervino —Lo conozco de hace tiempo, es un buen hombre.
Esta frase sí me sorprendió porque Omar era mi amigo de años atrás, habíamos viajado juntos y compartido muchas aventuras en las selvas del Sur de México; nunca lo había visto actuar de un modo tan servil. Su comentario me pareció completamente fuera de lugar. Iba a decírselo, pero preferí callar y esperar otro poco.
La situación no era precisamente incómoda, pero se percibía cierta tensión, una especie de enfrenta-miento entre poderes silenciosos. Al final Manlio volvió a hablar.
—Necesitamos tu ayuda.
Sonreí y pensé “ya lo sabía, sabía que me iban a pedir algo”.
—¿En qué les puedo servir? —dije en tono neutro.
—Bueno —respondió Ramiro— en realidad no es un servicio para nosotros, sino para un anciano maestro. A cambio de esta ayuda, obtendrás muchos beneficios.
—Muchos beneficios —comentó al vuelo Manlio sin mirarme y tras una pausa agregó— obtendrás algo que has estado buscando sin saber qué es.
—Bueno —dije tratando de aparentar una indiferencia total— ¿de qué estamos hablando? ¿Me lo pueden decir directamente y sin rodeos?
Noté que Omar se tensó al escuchar mis palabras, pero los dos hombres se sonrieron mutuamente y dijeron al unísono: —¡Es él!
—Ahora sí no me cabe la menor duda— dijo Ramiro y me dio una palmada en la espalda.
—Lo que queremos pedirte es que alojes en tu casa a un anciano maestro. Estará aquí unos diez o quince días, dependiendo de qué tan rápido termine su trabajo —comentó Manlio, esta vez mirándome a los ojos.
La propuesta me pareció desquiciada. En ese tiempo me encontraba en medio de un experimento personal que consistía en vivir en una cabaña de madera en las montañas cercanas a la ciudad sin ningún servicio. Así que no tenía agua corriente, ni electricidad, ni teléfono y muchas veces la temperatura del interior de la casa durante la noche y la madrugada era inferior a los cero grados.
—Omar —comenté sorprendido— ¿ya les explicaste dónde y cómo vivo?
—Por supuesto —respondió aquél— y debo decirte que tu casa coincide exactamente con lo que ellos me pidieron. Por eso todos pensamos que tú eres el elegido.
—Sabes que esa palabra me choca —comenté molesto.
—Y tienes razón —comentó Manlio— los elegidos no existen, esa es una burrada que inventaron los judíos.
—Y los chinos —agregó Ramiro— y los aztecas.
—Y los árabes —terció Omar— y los japoneses.
—Y los griegos, los egipcios, los tibetanos... todos los pueblos se han creído o se creen elegidos ¿y? —comenté impaciente.
—¡Que no eres el elegido, Juan! —exclamó Manlio —solamente el indicado.
—¡Eso! —dijo Ramiro— ¡Eres el indicado!
Miré sus rostros sonrientes. El de Manlio era especialmente enigmático. “No me engañan” pensé, “me están tomando el pelo.”
Movido por la curiosidad pregunté al fin —Y ¿quién es este maestro?
—Es un anciano Cherokee que viene de Estados Unidos a hacer un trabajo con nosotros. Necesita un sitio apartado y frío, cerca de las montañas... exactamente como tu casa —afirmó Manlio.
La palabra Cherokee cambió todo. Inmediatamente sentí un deseo inmenso de conocerlo.
—Pero mi casa no tiene baño, ni electricidad, no hay ninguna comodidad —comenté.
—El enemigo principal de la libertad es la comodidad —explicó Ramiro— por eso, quien se pasa la vida buscándola, termina por convertirse en aquello que tanto procuró, o sea, en un cómodo.
Yo fui el único que reí, la comparación me pareció magnífica y completamente cierta. Pensé que los demás habían escuchado la metáfora tantas veces que había perdido la gracia para ellos.
—El maestro Leonard Eagledeer es un guerrero —dijo Omar— está más allá de la comodidad... igual que tú —concluyó con un guiño.
Soy de signo zodiacal Leo, de modo que sucumbo fácilmente al halago. El maestro Eagledeer tenía donde quedarse.
Por cierto, la razón por la que me dio tanta risa el comentario de Ramiro sobre la comodidad, es que el experimento personal al que me referí arriba consistió precisamente en renunciar deliberadamente a todas las comodidades para ver qué me pasaba. Duré en ese lugar y en esas condiciones casi seis años .
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