CAPITULO UNO

Mi destino era morir el 7 de marzo del 2002…

 

en una especie de profecía auto-cumplidora y de forma totalmente inconsciente había yo “decidido” seguir los pasos de mi padre quien murió resistiéndose a un asalto cuando yo tenía veintiún años. Su muerte fue una tragedia terrible para mí. Lo quería muchísimo. Él era mi héroe, mi cómplice y uno de los pocos amigos que tenía en ese entonces. 

 

   Estaba deprimido. Su más grande ilusión en la vida era ser millonario y lo logró… por unos momentos. Después de decenas de años de trabajar arduamente día tras día, incapaz de descansar, de relajarse o disfrutar; intento tras intento, idea tras idea, proyecto tras proyecto, llegó a juntar una buena suma de dinero y, al invertirlo en la bolsa de valores, lo multiplicó hasta llegar a los millones que tanto deseaba para después… perderlo todo. A muchos les pasó. El 19 de octubre del 1987 hubo un desplome internacional en la bolsa de valores y cientos de miles de personas en todo el mundo perdieron hasta la camisa. 

   Nosotros por suerte no debíamos nada, así que muy bien pudimos haber continuado nuestra vida de familia de clase media baja que, para el resto de nosotros, era más que suficiente. 

 

      Sin embargo, algo cambió en mi padre. 

 

    No estaba triste ni amargado, estaba incluso más relajado que antes. De hecho, organizó un viaje a Europa con el poco dinero que nos quedó y, mientras mi hermano se encargaba de la empresa familiar, mi madre, mi hermana, él y yo recorreríamos una buena parte de Europa por treinta y dos días, en uno de esos tours en los que ves todo con tanta prisa que en realidad no ves nada. Un tour típico para familias de clase media como la nuestra. En ese entonces yo ya llevaba dieciocho meses en Estados Unidos en un exilio autoimpuesto y persiguiendo el sueño americano. Decidimos entonces que nos encontraríamos en Inglaterra. (Ni idea tenía yo en ese tiempo que mi verdadero sueño era viajar por todo el mundo. Lo descubrría quince años después.) 

 

   —¡Mira nada más dónde nos volvemos a encontrar m’ijo! —me dijo, con lágrimas en los ojos, dándome un fuerte abrazo en el lobby de un hotel de tres estrellas en el centro de Londres. Tan cansado estaba yo del viaje que me pareció un sueño. Ahora sé que los recuerdos, todos los recuerdos, son como un sueño. Van cambiando con el tiempo en nuestra mente para darle coherencia a la historia que nos contamos. 

   Ese fue el primer viaje en el que lo vi disfrutando realmente sin la necesidad de repetir una y otra vez: “¿Qué hacemos aquí perdiendo el tiempo? Deberíamos mejor estar trabajando”, como solía decir en cada una de nuestras vacaciones. Recuerdo también que tomó vino en sus comidas sin emborracharse como solía hacerlo, así que no nos tocó ninguno de los ridículos que tanto miedo nos daban a todos cuando bebía demasiado. 

   Fue en ese viaje que me convenció de volver a México… Juntos íbamos a hacer grandes negocios.

   Ya nos habían asaltado en la casa unos años antes. Esa vez no nos hicieron daño y en realidad se robaron cualquier cosa: unas cuantas joyas que tenía mi madre, una suma de dólares nada importante y artículos electrodomésticos viejos y pasados de moda. Sin embargo, el susto fue enorme y peor aún la terrible impotencia, la tremenda rabia y la asesina frustración de mi padre. 

 

   —A mí no me vuelven a asaltar, primero me matan —pro-fetizó aquel día cuando terminó el incidente.

 

   El 14 de marzo de 1988, en el segundo asalto, mi padre estaba lavando su coche en la calle como hacía todos los días a las siete de la mañana. Un par de vándalos lo amagaron y lo forzaron a meterse a la casa, mientras otro par nos amagaba a mi madre, a mi hermano y a mí en nuestra habitación. Por suerte mi hermanita ya había salido desde temprano a la universidad. De pronto, oímos un golpe. Yo pensé que había sido la puerta de lámina de la entrada que habían azotado con fuerza. 

 

   Había sido un balazo. 

 

   Los dos malandros que nos amagaban salieron corriendo. Yo no entendía por qué o qué había pasado. Busqué desesperado la pistola de mi padre que guardaba en su habitación y salí corriendo por el pasillo que llegaba al garaje. Salí en pijama y descalzo con un arma en la mano que, en realidad no sabía ni usar y sumido en una completa confusión. Algo hacía que mis pies se resbalaran y no fue hasta que vi a mi padre tirado en el suelo que entendí que lo que pisaba era su sangre. Se resistió al asalto y en el forcejeo le dispararon en la pierna, justo en la arteria femoral, y su sangre, toda su sangre, había escurrido por la pendiente de cinco metros que iba de la entrada del garaje hasta la puerta de mi cuarto. 

 

   Noventa segundos tarda una persona en desangrarse si se lastima la femoral. 

 

   Ahí estaba mi querido padre–amigo–cómplice–confi-dente… rendido boca abajo en el piso. En su cara noté miedo y paz al mismo tiempo. En lugar de salir corriendo a perseguir a los maleantes con la pistola, di media vuelta para abrazar a mi madre que venía detrás de mí con la misma confusión y terror que me embargaban. 

  De nada sirvió buscar ayuda. De nada sirvió que llegara un doctor unos minutos después. Noventa segundos duró el último episodio en la historia de mi padre. En noventa segundos, todos sus esfuerzos, anhelos, ambiciones, proyectos y logros salieron de su cuerpo. En ese brevísimo periodo todos sus traumas, sus miedos, frustraciones, enojos y asuntos pendientes se derramaron rojos en el piso.

  Mi pobre madre estaba en shock y el doctor que nos vino a ayudar le aplicó un fuerte sedante, lo cual empeoró la situación para ella. Ese doctor no sabía que mi madre es una mujer increíblemente fuerte que podía con eso y con cualquier cosa que le presentara la vida. En lugar de estar presente y poder ver la realidad cara a cara, quedó noqueada, balbuceando en una silla mientras amigos y vecinos trataban de consolarla. Nos creemos débiles y asumimos que todos los demás lo son. Le tenemos tanto miedo a la muerte que la escondemos, la negamos, la disfrazamos; mentimos al respecto, le mentimos a otros y nos mentimos a nosotros mismos. 

   A mí también me distrajeron de los hechos: mi tío, el hermano de mi padre, me llevó de inmediato a la policía a declarar e intentar hacer un retrato hablado de los delincuentes, lo cual fue una total pérdida de tiempo, porque en realidad no recordaba nada con claridad y solo me alejó también de ver lo que pasaba en mi casa. De estar con mi madre y mis hermanos.

    ¿Quién levantó lo que quedaba de mi padre del suelo? ¿Quién cerró sus ojitos?¿Quién limpió su cara sucia?¿Quién se encargó de arreglarlo todo? ¿Cómo se limpian cuatro litros de sangre? Nunca me enteré. 

     Para mi tío, desde el principio, castigar a los asaltantes era una especie de consuelo. Nunca entendí su empecinado interés en lograr que se hiciera “justicia”, como si eso fuera a traernos a mi padre de regreso. Uno de los asaltantes fue a prisión y mi tío estuvo por años al pendiente de su sentencia, decía que en cuanto fuera liberado, él mismo lo mataría. Ya fue liberado. No sé si lo hizo.

 

   Dos profecías se le cumplieron a mi padre ese día: la segunda es que no llegó a viejo.

 

   Mi padre le tenía un miedo tremendo a la vejez, la consideraba un castigo: “Mira, esa viejita está pagando algo,” decía cuando pasábamos frente a una anciana pequeña, flaquita y encorvada que vendía trastos viejos en una calle cerca de nuestra casa. Todos sabíamos que él, en secreto, iba a ver a la viejita y le daba dinero cada semana. Así era mi papi… cargaba una pena tremenda que aliviaba un poco con alcohol, se hacía el fuerte y sanaba su dolor a través de ser la mejor persona que podía ser. Así son todos los papis. Todos hacen lo únicoque pueden hacer. 

 

   Estoy seguro de que somos co–creadores de la historia de nuestra vida. Nuestras creencias y temores más profundos se manifiestan en la realidad tarde o temprano y no por la estúpida razón que da el New Age cuando dice que nuestros pensamientos son magnéticos; sino que estas profundas creencias y miedos influyen en nuestras decisiones y comportamiento y moldean nuestra historia. Y eso es el karma, no la infantil interpretación que le damos como un castigo por lo que hicimos en el pasado o en otra vida, sino la inevitable conclusión de cada uno de nuestros actos, de la manifestación en la realidad de los motivos y las intenciones que real-mente nos mueven.

   Nuestras historias están entrelazadas, ese final que escribió inconscientemente mi padre para su historia cambió la historia de todos los involucrados. Nos llevó a nuevos miedos y creencias que, como permanecieron inconscientes se seguirían manifestando. Así de importante es tomar la responsabilidad de hacernos conscientes porque al sanar nuestra historia, sanamos un poco la historia de todos los que nos rodean.

     En ese tiempo yo no sabía nada de eso y a mi papi no le interesaba, así que ahí iba yo derechito a repetir su karma como si algo se hubiera quedado inconcluso en su vida y yo hubiese tomado la responsabilidad de completarlo. 

 

   Junto a mi padre en su ataúd yacía también toda creencia mía en un Dios bueno y justo que cuidaba de nosotros. Cuando cremaron su cuerpo ahí se quemaron también mis ilusiones de un mundo justo y ordenado en el que si uno es bueno y decente le va bien y si uno lastima a los demás lo paga. 

   Una pobre monja, tía de mi madre, trató de consolarme en el velorio diciéndome: “Dios sabe lo que hace.” Pobre, no recuerdo ahora el montón de insultos que le propiné enfrente de todos los que nos acompañaban, pero recuerdo muy bien mi rabia y su cara de espanto. De reojo vi que mi hermano asentía con una leve sonrisa y que mi mamá se mostraba de acuerdo conmigo guardando silencio y sin hacer nada por defender a la pobre monja.

   Un par de años después me enteré que detuvieron a los mismos asaltantes y tres de ellos salieron libres sobornando al juez con monedas de oro que habían obtenido en otra de sus fechorías. Por ahí deben andar todavía haciendo de la suyas.

   La justicia es un invento humano, solo un concepto que no tiene bases en la realidad. Es una ilusión de control. En nuestra tremenda vulnerabilidad imaginamos que algo protege a los buenos y castiga a los malos, pero la realidad es que buenos y malos estamos todos expuestos a dejar de existir en cualquier momento. Sea un asalto, un accidente o un resbalón en la regadera. 

   El caos es parte de esta hermosa y complicada vida. Caos y orden conviven al mismo tiempo en este único fenómeno que es la existencia. Por supuesto que “caos” y “orden” son también conceptos que necesitamos para describir el mundo. La realidad es que todo pasa al mismo tiempo. Mientras mi padre yacía bocabajo en el frío suelo, al mismo tiempo, no lejos de ahí nacía un hermoso bebé, y mientras nosotros observábamos el más horripilante evento de nuestras vidas, en ese precioso amanecer, dos amantes se expresaban, en otra parte, lo mucho que se amaban. 

   La muerte no es lo contrario a la vida. Lo contrario a la muerte es el nacimiento. La muerte y el nacimiento son eventos, la vida es un proceso continuo. La vida no tiene opuesto. [1]

 

   Yo ahora no necesito imaginar o creer en nada después de la muerte porque para mí es evidenteque mi padre sigue vivo en mí, en mis hermanos, en el amor de mi madre hacia él. Él sigue vivo en todo lo que me enseñó, como ser honesto, creativo, perseverante, generoso, decente, y sigue vivo en todas las personas que ayudó, en todas las personas que le amaban por lo bueno que era. Esa es la forma en la que reencarnamos. 

   No tengo tampoco la necesidad de verlo de nuevo en el futuro porque lo veo todos los días: en mis manos que son exactamente iguales a las suyas, en mis actos bondadosos, en el amor que le tengo a mi hijita… seguro que él me amó como yo la amo a ella, y eso ¡es un montón de amor! ¡Qué barbaridad! 

   Le veo claramente en mi propia historia, que es la historia de todos mis ancestros y que es la vida, el Río de la Vidaque, lleno de remolinos, se divierte. 

   Los remolinos: las pequeñas historias individuales, duran bien poco, pero el río sigue. El remolino que fue mi padre es el Río,y el remolino que soy yo, también. También mi hijita. Todos nosotros…

 

  Claro que a los veintiuno yo no sabía nada de esto. Lloré todos los días hasta los veintidós. Soñaba todas las noches que regresaba ¿sabes? Una y otra vez, en mis sueños, su muerte no había sucedido, había sido un error, una broma de mal gusto. 

   Para quien se queda en el ego, en la persona, en la historia, en el remolino, eso es la muerte: un hecho inaceptable.

 

   En marzo del 2002 yo también estaba deprimido, aunque no lo quería aceptar. Habían pasado cinco meses desde mi divorcio y mi ex esposa se había llevado a mi hijita con ella a Estados Unidos, así que me quedé solo en la enorme residencia en la que vivimos y que, en mi imaginación, iba a ser el escenario para la hermosa familia que no pudimos tener.

 

   —Pensé que te ibas a morir sin tus güeras —me dijo una querida amiga unos meses después de terminados todos los tediosos trámites del divorcio. 

   —Neehhh —le contesté. Y para esconder mi profunda pena me compré una lujosa camioneta último modelo. 

 

   Yo no lo había notado entonces pero había planeado mi vida hasta los treinta y cinco años. Después de eso no tenía ni idea de qué seguía. Como si supiera que no iba a llegar más lejos. (Tal vez, sin darme cuenta, tenía el mismo deseo de mi padre de no llegar a viejo. Tal vez de verdad quería morirme por no tener ya a mis güeritas). Un vehículo de lujo en una de las ciudades más peligrosas del mundo era una invitación implícita a que me lastimaran. ¿Lo ves?

  Ese 7 de marzo, salí de mi ridículamente enorme residencia, me subí a mi ridículamente flamante camioneta y fui a rentar una película. 

 

   Ese día me secuestraron.

   Un hombre moreno como de noventa kilos me abrazó por detrás y me apuntó con una pistola al cuello. Ya había abierto yo mi camioneta, así que él se subió atrás conmigo; otro hombre, más delgado, de pelo negro y con barba de candado se subió al asiento del conductor, y una mujer delgada, de pelo negro, largo y chino, al asiento del copiloto. 

 

   —No te hagas el valiente porque te lleva la chingada cabrón —me dijo el hombre que me amagaba en el asiento trasero con su pistola. Yo miraba hacia abajo para no provocarlos, había leído en alguna parte que es mejor no verlos a la cara. 

   —Si te portas bien no te va a pasar nada güerito —me dijo el que iba conduciendo—. Te vamos a bajar una lana y ya. No hay pedo. 

   —Está bien, no la voy a hacer de pedo —le dije mirando al suelo, en su mismo lenguaje para estar seguro de que me entendiera.

 

   Me quitaron el celular y la cartera que estaba llena de tarjetas de crédito, tarjetas de presentación, fotos de mi hijita, direcciones, teléfonos, en fin; todo lo que necesitaban saber de mí en un vistazo. 

   Se trataba de un secuestro express, su plan era llevarme a vaciar mis tarjetas de crédito en cajeros automáticos y botarme después en alguna parte. El problema fue, como les expliqué, que desconocía los números secretos de mis tarjetas de crédito ya que no las usaba en los cajeros por razones de seguridad. Y era verdad. Tenía una tarjeta de débito que usaba para disponer de efectivo, pero que en ese momento no tenía fondos.

   Ya para entonces el hombre de atrás me había obligado a agacharme sobre el asiento, me había tapado la cabeza con mi propia chamarra y desquitaba su frustración ante mi respuesta golpeándome con el puño en las costillas.

 

   —Te vas a morir cabrón —me decía. 

   —Se ve que tienes familia, ¿para qué te arriesgas? —Me decía el que conducía porque había visto las fotos de mi hijita—. ¿Qué van a hacer tus hijos sin ti? —insistía. 

   —De verdad no sé los números. Si los supiera se los daría —les respondí suplicando.

   —Vamos a una tienda y compramos lo que sea, una televisión o una cámara, lo que sea… —trataba de convencerlos.

   —Estás loco cabrón —contestó el de atrás golpeándome de nuevo en el costado—. Ya te cargó la verga.

  —¿Cuánto vale tu vida güero? Me preguntaba el otro mientras la mujer permanecía en silencio. 

   —Vale mucho —le respondí gimiendo, el último golpe me había dejado sin aire.

   —Por eso te digo que vayamos a una tienda y les compro lo que me digan —insistí—. No causaré ningún problema.

   —¡Que te calles hijo de la chingada! —gritó el de atrás dándome otro golpe aun más fuerte que el anterior. 

 

   Varias horas pasaron mientras ellos deliberaban qué ha-rían conmigo. Sé que pasaron a la casa de la mujer y dejaron o recogieron algo. Sé que pasaron a recoger a otro hombre al que le decían el jefe.

   —Órale jefe, dese gusto —me ofrecía el gorila de atrás como si fuera yo una bolsa de papas para que el jefe sacara su frustración y su terrible enojo con la vida, golpeándome. 

   Sé que después de ponerse de acuerdo en algo, dejaron al jefey siguieron rondando la ciudad. 

 

   —Te vamos a llevar a “guardar” güerito —dijo al fin el que conducía—. Sabemos dónde vives, vamos a vaciar tu casa y ahí nos irás pagando tu vida como puedas…

 

   En todo ese tiempo que estuvieron dando vueltas por la ciudad y bajo la obscuridad de mi propia chamarra hice un análisis de mi vida. Estaba seguro que esto acabaría en mi muerte, así que hice un recuento… ¿Le debo algo a alguien? No me lo parecía. ¿Dejé algo importante de verdad pendiente en mi trabajo? No, tampoco. ¿Y mi hijita? ¡Uy! eso era lo que más me dolía. “¡Cómo la voy a extrañar!” me dije, para mi propia sorpresa…

 

   Aun los que no creemos en nada después de la muerte, tenemos la ilusión de que venimos de algún lado y nos vamos de regreso. Regresar a la nada está tremendo: en la nada, negra, fría y vacía, extrañando a mi hijita por toda la eternidad… Y no hablo de tener la ilusión como un anhelo o un deseo sino como un engaño, una ilusión óptica de la concienciainculcada junto con nuestra forma de ver el mundo y la vida. Creemos de verdad que venimos a este mundo sin darnos cuenta de que, en realidad, salimos del mundo,y cuando el remolino, la historia, la persona desaparecen, todo lo que resta vuelve al mundo. Literalmente.[2]

 

   —¿Y a mi ex le perdono lo que me hizo? —Seguía con mis cavilaciones en el preludio de mi muerte— No —contesté en mi cabeza—. Me voy a morir sin perdonarla —me sorprendí de nuevo. 

 

   Recuerdo haberme sentido profundamente estúpido: “Igualito a mi papá. No puede ser”, pensé, y en ese momento vi con claridad que repetía la historia de mi padre. Los mismos traumas, los mismos deseos, las mismas metas, la misma lucha contra el alcoholismo, la misma soledad, la misma frustración y… la misma muerte. ¡Carajo!

   Fue entonces que decidí que no quería que me llevaran “a guardar”, pensé en la tortura que sería para mí y mis seres queridos. El martirio para mi madre y hermanos de saberme secuestrado. En ese momento decidí que escaparía o moriría en el intento. Nada de guardarme, nada de torturarme, nada de llevarme a ninguna parte… “¡Váyanse a la mierda!”

      Con el valor que me dio la determinación de salvarme lo planeé todo: Logré ver, alzando un poco la chamarra que me cubría, dónde estaban los seguros de las puertas traseras de mi camioneta (nunca me había subido atrás). Puse atención a que aún estábamos en la ciudad porque nos deteníamos en las luces rojas del semáforo, noté también que el energúmeno me sostenía con una mano y con la otra jugaba con mi celular abriéndolo y cerrándolo nerviosamente, por lo que deduje que no tenía un arma en la mano. 

   Supe que tenía que matarlo. Decidí que debía esperar a que estuviéramos en movimiento para que el conductor no pudiera ayudarle. 

   Mi plan era hundirle los dedos en la parte frontal del cuello y apretarle la tráquea hasta que se muriera el muy cabrón. No había un ápice de duda en mí. Si se trataba de terminar una vida por continuar con la mía, eso es lo que se requería de mí en ese momento. 

   Esa fue la primera decisión consciente que tomé en mi vida. Sin embargo, para lograr llegar a ese punto tuvieron que pasar muchas cosas antes…

 

[1]Inspirado por un discurso de Eckhart Tolle.

[2]Inspirado por un discurso de Alan W. Watts. 

De venta en Sanborns, Gandhi y librerías de prestigio. 

  

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