CAPITULO UNO

Conócete a ti mismo

 

―Eso lo he escuchado tantas veces y sinceramente... me parece una reverenda estupidez ―dije sin recapacitar, y seguí argumentando―.

 

“Conócete a ti mismo.” ¿Cómo no me voy a conocer?, ¿no he vivido conmigo mismo toda la vida?, ¿no soy yo mismo todo el tiempo?

―Pues no, la verdad es exactamente lo contrario: No te conoces y muy pocas veces en tu vida has sido tú mismo. Lo que conoces de ti mismo es tu personalidad y tus condicionamientos.

―¡Ohhh!... pues para variar, mi querido guía, no entiendo nada.

―Mira, la palabra personalidad viene del griego “persona”, la persona era la máscara que utilizaban los actores griegos en las obras de teatro. Así que, tu personalidad es la máscara con la que te relacionas con otros, pero no eres tú. ¿Has notado que cuando estás solo y piensas que nadie te observa te comportas de diferente manera? 

―Claro que lo he notado ―contesté emocionado sintiendo que empezaba a comprenderle―, incluso con algunas personas somos de cierta forma y con otras somos diferentes.

―Así es, tu personalidad es algo adquirido, que tiene que ver con las situaciones que rodearon tu infancia, con la sociedad en la que naciste, con cosas externas. Ninguna de ellas elegiste y sobre ninguna de ellas tuviste control.

―Pero entonces... ¿usamos siempre una máscara para relacionarnos con otros?

―Siempre. Una máscara de actitudes aprendidas, de lugares comunes, de reacciones ensayadas. Una forma de ser y de actuar que no deja espacio para ser tú mismo: para ser espontáneo.

―Y casi no hacemos contacto con el otro. Evitamos mostrarnos al otro.

―Lo evitamos porque nos avergüenza, porque te han dicho que puedes ser como quieras... excepto ser tú mismo. Y en esos raros momentos en los que haces contacto con tu ser, en los que lloras emocionado, ríes sin pensar o bailas sin control, ¿qué sucede?

―Te reprimen, piensan que estás loco, te critican.

―Así es, a los otros les incomoda que muestres tu verdadero yo, porque en la sociedad se vive en el “como sí”, en lo superficial, en lo cómodo, sin hacer contacto con el otro. Mostrar tus emociones, tu vulnerabilidad, tu alegría, tu inocencia, es cosa de locos.

―Pero... ¿con las personas que amamos? Con ellas sí mostramos nuestro verdadero yo, ¿no es así? 

―Eso sería maravilloso, pero no es real. Estamos tan identificados con nuestra máscara, con nuestra personalidad, que pensamos que “eso” somos nosotros e incluso en la intimidad seguimos respondiendo a un programa. Cuando besas a tu novia, cuando hacen el amor, ustedes no se tocan, son sólo las máscaras las que se besan y se acarician.

―Pero... ¡lo sentimos! ―le dije un poco molesto.

―Sienten una mínima parte, créeme. Entre tantas actitudes aprendidas, tantas acciones automáticas y tantas distracciones de tu mente, no queda espacio para ver al otro, para sentirlo.

―Pues me parece difícil de creer que siempre estemos escondiendo nuestro verdadero ser.

―¡Lo escondes tanto que ni siquiera lo conoces! Cuando la gente no está tratando de convencer a otros de que es algo que no es, está tratando de que nadie se dé cuenta de lo que en realidad es. 

Por un lado, exagerando y mintiendo para crear una máscara agradable para los demás y por otro lado fingiendo y ocultando porque lo que él cree que es en realidad le avergüenza.

―Escondemos nuestros diarios, reprimimos nuestras emociones, no expresamos nuestras ideas... pero entonces, ¿vivimos en la mentira?

―No en la mentira, en la superficie, nuestra personalidad es la circunferencia, nuestro ser es el centro. La circunferencia es el “como sí.”

―Como si nos quisiéramos, como si nos importara, como si nos amaramos, como si... 

―El esposo hace como si fuera fiel y tiene una amante, la mujer hace como si no lo supiera para no tener que preocuparse por el dinero, los hijos hacen como si estudiaran, el burócrata hace como si trabajara, el político como si le importara, el policía como si fuera honesto, el sacerdote como si fuera puro y casto.

―¿Y qué hacemos entonces para conocernos? 

―Observar la forma en la que hemos sido condicionados. Poner atención a los programas a los que respondemos ciegamente.

―Espera, espera... eso suena como si fuéramos robots...

―Somos robots, esclavos, títeres. Todos lo somos. Nada hay original en ninguno de nosotros. Desde nuestra infancia nos han esclavizado, condicionado, programado. 

Lo que creemos que somos, nuestras metas, nuestros valores, nuestros temores, nuestros gustos; nos fueron impuestos por otros. Nunca se nos dio la oportunidad de elegir nuestras creencias. Nunca tuvimos la posibilidad de cuestionarlas. Nada hemos elegido.

Eso que crees que eres, esa persona que defiendes a capa y espada, esa personalidad de la que te sientes tan orgulloso o... tan avergonzado, no eres tú. 

Esas metas que te mueven, los miedos que te controlan, las ideas que le dan sentido a tu vida, los valores que respetas; los heredaste todos. Fueron forzados en ti cuando no tenías posibilidad de rechazarlos, de analizarlos siquiera.

―¡Hey! ¡Ya te estás pasando! ―dije furioso―. ¿¡Resulta que somos un montón de monigotes sin voluntad, sin la posibilidad de elegir nada?! ¿Así que somos manipulados a placer y no nos damos cuenta siquiera?

 

...

 

Una hora pasó sin que mi guía dijera nada. Dejé de insistirle que me diera una respuesta cuando caí en cuenta de que eso era justamente lo que me quería enseñar. Que estaba acostumbrado a las respuestas fáciles, a la información predigerida, me gustaba no sólo que me dieran de comer en la boca sino que quería que alguien masticara la comida por mí.

 

―¿Elegiste nacer? ―dijo por fin.

―No.

―Elegiste a tus padres o a tu familia?

―Algunos dicen que sí los elegimos.

―Esas son estupideces newage. ¿Los elegiste?

―No.

―¿Elegiste ser hombre?

―No.

―¿Ser mexicano?

―No.

―¿Ser católico?

―No.

―¿Tu nombre?

―No.

―¿Hay algo importante en tu vida que haya determinado tu forma de ser y que tú hayas elegido?

 

  ...

 

No tienes la más remota idea de quien eres, vives detrás de la máscara que es la personalidad que te han dado, sin poder mostrarte a otros. Ingieres alcohol para poder aflojar tus ataduras. Sin sustancias extrañas en tu cuerpo no puedes hablar, no puedes reír abiertamente, no puedes bailar, no puedes siquiera expresar tus emociones. Como vives a través de otros, su opinión es más importante que tus sentimientos. El “qué dirán” es lo que rige tu vida.

Conocerse a uno mismo es saber qué queda cuando te desprendes de todas esas etiquetas con las que te has identificado: de ideologías, de creencias, de nacionalidades, de estereotipos, de modas. 

―Lo cual no es nada fácil.

―Es lo más difícil que puedas imaginar, porque es salir del montón, es soltarse, aventurarse a lo desconocido; es, como dijo Jesús, “perderse para poder encontrarse.”

―Conócete a ti mismo ―repetí, ahora con más respeto― ¡guau! ¿Quién lo dijo primero? 

―Los griegos

―¡Ah sí! Ya lo sabía.

―Mhhh... Claro...

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Llegaste hasta aquí buscando algo. No te abandones de nuevo y escucha tu corazón. Hazle caso a esa voz dentro de ti que dice que esto es justo lo que necesitas. 

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