CAPITULO UNO

 

–¡Ay canama!

–¡Ay canama!

–Gritaba una y otra vez sin querer parar– Estaba hincado frente a las piedras, mi cabeza entre mis manos y mi cara pegada al lodo sin que nada me importara.

–¡Ay canama!, ¡ay canama!, ¡ay canama!... –mi voz sonaba como la de un niño chiquito haciendo el berrinche de su vida. Sentía que las palabras se cortaban en mi garganta y se rompían al salir de mi boca, como los gritos desesperados de alguien que pide clemencia antes de ser ejecutado.

   Balam me buscó en la obscuridad y puso su mano en mi cabeza para tratar de consolarme. Me incorporé y me aferré a su mano como un náufrago que se ahoga y que de pronto encuentra algo que sabe que evitará que se hunda.

   –Aquí estoy contigo hermanito- Me decía, Balam y me transmitía su apoyo y su amor apretando mis manos llenas de lodo entre la suya. Él también lloraba y no por mí, sino conmigo...

    Iván seguía cantando y tocando los tambores, mis gritos y los gemidos de Balam se unieron a la música y de pronto todo se convirtió en una hermosa melodía llena de sentimiento. No había palabras, sólo ruidos, golpes de tambor, llanto y palmadas en el suelo en perfecta armonía. Era una bella sinfonía que salía de nuestros corazones y que expresaba una profunda tristeza, un dolor puro y hermoso, ese dolor que no viene de los pensamientos sino de aceptar nuestra insignificancia, nuestra impotencia y de rendirnos ante la existencia.

    Ese fue el momento en el que me di cuenta que ya no dependía de mí el estar con mi hijita, que nunca había dependido de mí. Ese fue el momento en el que comprendí que yo, al igual que ella, no soy más que una plantita, una plantita que se creía el jardinero. Ese fue el momento en el que acepté que ella no me necesitaba, que no soy yo el que cuido de ella, que no decido por ella, que nos tocaba separarnos por un tiempo y que si me aferraba a ella, sólo sería para crear problemas.

   ¡Puta madre! ¡Cómo me dolió reconocerlo! ¡Cómo me dolió renunciar a vivir con ella. Cómo me dolió darme cuenta que ella no me pertenecía! ¡Cómo me dolió reconocer que nada podía yo hacer por asirme a lo más hermoso que me había dado la vida! Mi hijita tendría que irse a vivir a los Estados Unidos con su mamá. “¡Ya no voy a poder vivir con Jordy! –¡Ay canama!, ¡ay canama!...”

   Iván fue bajando el ritmo de los tambores y el tono de su voz hasta que todos nos quedamos en silencio y lo único que se oía era el vapor que salía de las piedras y el sonido que hace mi nariz cuando termino de llorar y no quiero que la cara se me llene de mocos.

    –¿Todo bien hermanos?–preguntó Iván como pidiéndonos permiso de continuar con la ceremonia.

   –Todo bien, dijimos Balam y yo.

   –¡Aho mitacuye oyasin! –gritó por fin Iván.

   –¡Puerta! –gritamos todos.

 

   Así es como se da por terminada una ronda en un inipi, temascal de tradición Lakota y las personas que están afuera saben que es momento de levantar la lona que tapa la pequeña puerta. Al hacerlo sale un poco de vapor y uno siente un gran alivio al poder por fin respirar aire fresco, la temperatura disminuye rápidamente, se puede ver el fuego ardiendo frente a la puerta, que mira hacia el este y se puede ver también a las personas encargadas de cuidar del fuego y de llevar el agua y otras cosas al líder del temascal.

   Esa noche estuvo lloviendo durante toda la ceremonia, yo me imaginaba que todo el universo lloraba junto conmigo compartiendo mi profundo dolor. El agua se filtraba por el piso de la pequeña tienda de campar circular que forma el inipi, es por eso que todos los que nos encontrábamos dentro estábamos cubiertos de lodo.

   Balam se acercó a mí, apenas y nos podíamos ver las caras, muy respetuoso me preguntó –Oye... ¿qué quiere decir “ay canama”? Tal vez creía que se trataba de un grito ritual que había yo aprendido de los indios Siux.

   Yo me quedé un momento callado como para darme importancia y después le comenté– Así es como dice mi hijita Jordy de dos años “¡Ay caramba!” cuando algo la asusta o la sorprende.

    Balam trataba con la poca luz que entraba por la puerta, de adivinar en mi cara si decía la verdad o le estaba tomando el pelo. Después de tres segundos de silencio todos soltamos una fuerte carcajada. 

   –¡Ay canama!– gritó Balam.

   –¡Ay canama!– gritó al final Iván, que era el líder del inipi en ese momento. Las personas de afuera se asomaban confundidas mientras todos los de adentro reíamos descaradamente.

  La hijita de Iván se acercó a la puerta y con voz temerosa le comentó que estaba asustada y que ya no quería participar en la ceremonia. –¿Qué les estás haciendo papi? –le preguntó preocupada–, los oigo gritar, llorar y después se ríen como locos.

   –No pasa nada preciosa–contestó Iván para tranquilizarla. Así es la vida cuando la vives intensamente: a veces lloras, a veces ríes, a veces te duele; en un momento estás abajo y en el siguiente estás arriba.

 

   –¡Qué hermoso es estar vivo, chingao! –gritó Balam emocionado.

 

   –¡Es de poca madre! –grité yo–. Con dolor y con todo, ¡quiero estar vivo! ¡Gracias por mis miedos, por mis lágrimas, por mi dolor, gracias por Jordy y por esta gente tan hermosa!

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Llegaste hasta aquí buscando algo. No te abandones de nuevo y escucha tu corazón. Hazle caso a esa voz dentro de ti que dice que esto es justo lo que necesitas. 

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