Cómo la gran mayoría de los mexicanos nací en el seno de una familia católica, fui circuncidado, bautizado, confirmado e hice mi primera comunión, antes de cumplir siquiera diez años. Todo esto sucedió sin mi consentimiento y mucho antes de que tuviera la capacidad de decidir sobre asuntos importantes. La sociedad considera que una persona necesita cumplir al menos dieciocho años para poder votar y elegir así a sus líderes políticos, antes de eso, no es lo suficientemente madura. Sin embargo, en asuntos religiosos, no se espera a que el niño madure para que razone, elija y decida; todo le es impuesto antes de que tenga capacidad de discernir. ¿Hay una intención detrás de esto?

 

   Como la mayoría de los católicos, viví mi despertar sexual y la exploración de mi cuerpo con una culpa enorme y no entendiendo cómo esperaba alguien que reprimiera yo los poderosos impulsos que naturalmente surgían en mí. “Si Dios no quiere que sienta esto ¿para qué puso estas sensaciones en mí?” No le encontraba sentido. 

 

    Los conceptos religiosos que nos fueron impuestos causaron profundas heridas en nuestra psique. Decirle a un nene que es un pecador y que si no hace lo que se le ordena arderá en el infierno por toda la eternidad, es abuso psicológico. Mutilar su pene sin motivos médicos sino meramente ideológicos y disminuir así su sensibilidad, es abuso físico. Los conceptos en contra de nuestra sexualidad arruinan en gran medida el disfrute de esa importantísima parte de nuestra vida y relaciones. Nadie puede ser realmente feliz si se siente un pecador, culpable y sucio o si se siente constantemente observado, juzgado y criticado. Nadie puede relajarse pensando que será castigado por los errores que comete.

 

   Escribo este libro con un profundo respeto por las personas y analizando sin miedo las creencias y los conceptos erróneos de la religión. Todos fuimos niños sensibles, todos fuimos asustados, todos hemos sufrido las consecuencias de la inconsciencia de nuestros padres y líderes religiosos y de la mala interpretación que se le dio a la religión. Esto es así aunque no estemos conscientes de ello o aunque no nos atrevamos a admitirlo. 

 

   Estoy convencido de que detrás de las enseñanzas religiosas había inicialmente buenas intenciones, sin embargo, lo hermoso y bueno fue utilizado por los líderes religiosos para manipular, controlar y abusar de los fieles. Seguro que las metáforas que utilizan apuntan hacia asuntos espirituales sin embargo, tomadas textualmente no son más que supersticiones y cuentos. 

 

Cuando el sabio apunta a la luna el idiota 

mira el dedo.

 

   Lo espiritual es la luna, las metáforas el dedo. Lo divino es la luna, la religión el dedo. 

 

   Dice Alejandro Jodorowsky: Toda enfermedad proviene de una orden que hemos recibido en la infancia obligándonos a realizar lo que no queremos y de una prohibición que nos obliga a no ser lo que en realidad somos. El mal, la depresión, los temores resultan de una falta de conciencia, de un olvido de la belleza, de una tiranía familiar, del peso de un mundo de tradiciones y religiones obsoletas.[1]

 

   Algunos de nosotros estamos listos ya para dejar eso atrás. Tenemos la madurez suficiente para admitir que la religión está equivocada y llena de incoherencias.

   Esa idea de que debemos respetar las creencias religiosas nos fue impuesta también por la iglesia.  Tenemos que ir más allá del miedo que nos inculcaron y hacernos responsables de las creencias que gobiernan gran parte de nuestras acciones. 

   La religión lleva dos mil años diciéndole al hombre que está mal y que tiene que cambiar. En todo ese tiempo no ha logrado que la humanidad sea más amorosa, más consciente o feliz. Más bien nos ha llenado de culpa, miedo, tristeza, auto-rechazo y soledad. ¿No es tiempo ya de detener el paso? ¿No es tiempo ya de dejar atrás lo que no ha servido? ¿Cuánto tiempo más heredaremos a nuestros hijos conceptos claramente erróneos sólo por inercia y porque son socialmente aceptados? 

 

   Mucha gente habla de tolerancia y de respeto a las creencias de otros. La realidad es que no toleramos el nazismo, ni el racismo, ni la discriminación de la mujer, ni la esclavitud, todos nos reunimos y acabamos con esas creencias erróneas. ¿Debemos tolerar el fanatismo, el Jihad, la misoginia, la pedofilia, la ignorancia, la superstición, el abuso psicológico?

 

La religión es un tema delicado. 

No debería serlo.

 

  Estoy consciente de que escribo de forma dura y directa y es que hemos repetido tantas veces lo que nos han dicho y está tan arraigado en nuestra forma de ver la vida que sólo una buena sacudida nos hace ver lo incoherente y ridículo de muchas de nuestras creencias. Detrás de todo esto no hay otra cosa que mi pasión por el tema y la ferviente intención de que sanemos juntos nuestras heridas. Recuérdate a lo largo del texto, una y otra vez, que no hablamos de lo divino, hablamos de la interpretación que se le dio a lo divino: de ideas, cuentos, conceptos, mitos e historias. 

 

   La verdadera espiritualidad es cosa de todos nosotros y no de unos cuantos que se autoproclaman conocedores de la verdad. Si algunas cosas que digo te caen como cubetazos de agua fría, ni te asustes ni te molestes, estamos hablando sólo de historias, de creencias, de pensamientos. Tal vez eso es lo que necesitas para despertar a la realidad de que tu espiritualidad te fue robada. Te dieron las respuestas antes de que surgieran en ti las preguntas. 

 

Ojo: Si aún encuentras consuelo en tus creencias religiosas, por favor, no leas este libro, léelo solamente si lo que te inculcaron ya no tiene sentido para ti o si quieres ir más allá de conceptos arcaicos que son heredados de generación en generación como una malformación genética.

 

  Lo que enfrentas ahora es un gran reto. Un reto que se le presenta a la sociedad entera. Ese vacío que sientes, lo compartes con todos lo seres humanos inteligentes del planeta y es que hemos llegado a un punto crucial en nuestra historia. Ha llegado el momento de hacernos responsables, de madurar, de dejar atrás las viejas creencias, las explicaciones infantiles y mitológicas que heredamos y que ahora ya no tienen sentido.

 

  Cada día, más y más gente se da cuenta de que esa “religiosidad” a la que se aferra está llena de incoherencias que racionalizamos porque creemos no tener otra opción. Lo hacemos desesperados porque el miedo a madurar, a reconocer que no sabemos y aventurarnos a lo desconocido es tan grande que una y otra vez rechazamos e intentamos callar esa parte en nosotros que clama por la verdad. Que nos dice: “¡Esto no tiene sentido!, ¡Esto no puede ser así!, ¡Ya no puedo seguir creyendo esto!” 

 

  Y lo que haces ahora, es modificar a capricho las doctrinas religiosas de tus padres y las suavizas, las adaptas a tu forma de pensar, tratas de hacerlas encajar con los retos que te presenta la realidad. Sin embargo, hay una parte de ti que se da cuenta que modificar y embellecer una mentira no la hace verdad. Hay una parte de ti que ya no quiere seguir fingiendo y evadiendo la necesidad de enfrentar el reto de recuperar la espiritualidad que te fue robada cuando te impusieron tus creencias religiosas.

 

  Y aún peor, ese vacío en nuestra espiritualidad está siendo llenado por una oferta inmensa de estupideces New Age: más supersticiones y trucos de magia. Y ahora, en lugar de ser religiosos, todo el mundo habla de energía, ángeles, reiki, cristales y saltos cuánticos y así, su tiempo y energía, su curiosidad y búsqueda son terriblemente desperdiciadas en empresas inútiles e ideas idiotas.

 

Hay que tener una mente

abierta pero no tanto como

para que se te caiga el cerebro.

Richard Dawkins

 

  El reto es romper la inercia y la indiferencia, vencer el miedo a cuestionarlo todo, salirte del montón y madurar, recuperar tu dignidad y hacerte responsable de tu vida. Encontrar la verdad a la que apuntan los mitos religiosos. 

 

  Hasta que no renuncies a la idea que tienes de Dios no tendrás la posibilidad de hacer contacto con la realidad hacia la que apunta ese concepto. 

A.D.

 

   Esta es mi intención principal al escribir este libro: revivir tu espiritualidad, tu curiosidad, el deseo de contacto con lo divino que fue sustituido por un montón de ideas, creencias y prácticas obsoletas. Estoy a favor de la consciencia, de la responsabilidad, de la madurez, del respeto por nosotros mismos, del amor y la salud. 

 

Acerca de mi propia espiritualidad

 

Me considero una persona sumamente espiritual. Estos temas fueron de mi interés desde muy temprana edad y desde entonces, poco a poco mi espiritualidad ha ido evolucionando. Como dije al principio de la introducción fui educado en la religión católica y por mucho tiempo fui a la iglesia, recé pidiendo que se cumplieran mis mezquinos deseos, temí a Dios y me sentí culpable por casi todo, casi todo el tiempo.  

 

   Mi padre murió cuando yo tenía veintiún años, dejé entonces, la religión y todos sus preceptos y me conformé con creer en la existencia de Dios, uno hecho a mi medida que no tenía nada que ver con la religión, es más, un dios que estaba en con-tra de ella. Hablaba con Él en mi cabeza y sentía que teníamos una relación personal: era mi compadre. Ahora sé que primero fui teísta y después deísta: Dios sí, religión no.

 

   El paso siguiente, después de mucho reflexionar fue volverme agnóstico, es decir, que tuve que admitir que la existencia de un dios personal era muy poco probable pero dejé un lugar a la duda, como supongo que ahora hace la mayoría. Alguna vez escuché a un anciano decir: “Yo creo… por si acaso”.

 

   Como a los treinta y cinco negué por fin rotundamente la existencia del Dios de la Biblia o de cualquier dios personal. No desperdiciaba una sola oportunidad de debatir contra los creyentes y de buscar razones por las cuales esa deidad que ellos adoraban no podría existir. Fui, por un buen tiempo, un “ateo recalcitrante”. Y, en retrospectiva, veo que esa fue una parte muy importante en mi desarrollo ya que fue lo que me orilló a iniciar una intensa búsqueda espiritual donde conocí algunas religiones y filosofías orientales. Renunciar al concepto prefabricado que me habían impuesto de lo divino abrió la posibilidad para mí de ir más allá de las palabras, los conceptos, las ideas, las creencias y la imaginación para experimentarlo directamente. 

 

   Aun negando la existencia del dios que me fue inculcado en la infancia había en mí la necesidad de una conexión espiritual con mis semejantes y con el mundo. En el 2003 me inicié con Osho, un gurú que dejó una comuna espiritual en India al sur de Mumbai y donde, sin dogmas de fe ni la necesidad de creer en una deidad se llevaba una vida espiritual basada en la meditación, el amor y la celebración de la vida. Fue Osho quién despertó en mí el interés en el Zen, el Budismo, el Taoísmo y las diferentes corrientes religiosas no-teístasdel oriente. Me sorprendió descubrir que había religiones con millones de seguidores que no se ocupaban de la existencia de un ser superior creador de todo lo que existe. Me interesó mucho enterarme de que ese tema les resultaba irrelevante. Lo que les importaba era la meditación, el estudio de la mente y, más importante, el comportamiento ético. 

 

   Mi búsqueda me llevó también a conocer la espiritualidad de los indios nativo americanos. Hace ya trece años que participo en la ceremonia más importante de su tradición: la Danza del Sol. Con ellos he experimentado, en carne propia (literalmente) su espiritualidad. Una filosofía de vida sin culpas, con profundas raíces en la tierra y una hermosa conexión con el mundo que deriva en un sincero respeto por todo lo que nos rodea. Desde hace ocho años dirijo en mi centro de meditación y retiros, inipis, que son la versión Lakota de los temascales mexicanos. En ellos cantamos, meditamos, compartimos nuestras emociones y hacemos profundo contacto con los elementos y con nuestro mundo interno, practicando una comprometida disciplina de introspección. 

 

   He recorrido también infinidad de países para conocer comunas de diferentes tradiciones, desde el Camino Rojo, el Santo Daime, el Budismo Zen, el Tantra, el Advaita Vedanta y varios maestros espirituales: Osho, Eckhart Tolle, Mooji, Thich Nhat Hanh, Tyohar, Amma, Crazy Bull, Leonard Crowdog, Jonathan Goldman, por nombrar sólo algunos. (De hecho escribo estos párrafos, durante un retiro, rodeado de monjas en un monasterio budista en el sur de Francia.)

 

   Si me preguntas qué soy ahora, responderé sin duda que soy no-teísta, que tengo una espiritualidad laica, sin dogmas de fe, basada en la ética, la presencia, la meditación, el amor, el respeto y la celebración de la vida.

  

  La intención de compartir esto contigo en la introducción es hacerte ver que, en efecto, hay muchas más opciones que la religión que te fue impuesta y que si tú, como yo, tienes interés en lo espiritual, encontrarás que renunciar a esas creencias arcaicas no es renunciar a tu espiritualidad, sino recuperarla. 

 

  Yo me considero un claro ejemplo de que es absolutamente posible ser espiritual sin ser religioso: ser ético, amoroso, respetuoso, decente, generoso y compasivo sin la necesidad de dogmas de fe. De que se puede ser feliz sin pensamiento mágico o amigos imaginarios. Puedes tener una vida espiritual plena sin tener que negar tu inteligencia, sin culpa y sin necesidad de intermediarios entre tú y lo divino. 

  

   La religión es el kinder de la espiritualidad. Necesitamos urgentemente una espiritualidad inteligente, sin supersticiones, amorosa e inclusiva, que una en lugar de separar, que se apoye en la razón y la ciencia en lugar de estar en contra de ellas, que nos haga sentir bien acerca de nosotros mismos en lugar de inculcar el auto-rechazo. Basada en acciones y no en creencias, en hechos no en buenos deseos. Una espiritualidad ética y no moral. Una espiritualidad madura.

 

[1]JODOROWSKY Alejandro, COSTA Marianne: Metagenealogía. México Ed. Grijalbo 2011

De venta en Sanborns, Gandhi y librerías de prestigio. 

  

CAPITULO UNO

 

Introducción

 

Fui un niño muy sensible así que sufrí mucho con las ideas que me dio la religión: El pecado, el infierno, el Diablo, un Dios que se enoja, que juzga, que castiga, que lleva una lista de todas mis faltas, que observa no sólo mis actos sino también, ¡mis sentimientos y mis pensamientos! (Ni en mi cabeza estaba yo a salvo de sus juicios). La culpa y el miedo eran cosa de todos los días. Ir a la iglesia y ver a Jesucristo en la cruz, torturado hasta la muerte, sangrando y terriblemente triste, era algo que yo sufría todos los domingos. Tenía yo cinco años cuando me dijeron que murió por mi culpa… “¡¿Por mi culpa!? ¿Qué hice yo para que le pasara eso?” pensaba con una angustia terrible. “Estoy perdido. Si eso le pasó a Dios, yo no tengo esperanza alguna.” Concluí a esa temprana edad. 

Más información:

Llegaste hasta aquí buscando algo. No te abandones de nuevo y escucha tu corazón. Hazle caso a esa voz dentro de ti que dice que esto es justo lo que necesitas. 

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